La historia de la Semana


El feo más bello

Eran tiempos difíciles, eran otros tiempos mejor dicho…y así terminó la carta que tanto le costó escribir. No tenía ropa que le quedara bien, ni que lo haga sentir cómodo. Su peinado era como si millones de guerras mundiales hubieran pasado sobre su cabeza. Y su cuerpo, era en más de una ocasión el hazmerreír del pueblo.
Caminaba la recorrida cuadra de su casa a la escuela, y alcanzaban esos metros, para las bromas. Lo molestaban los vecinos, y hasta el dueño de la cantina del lugar que siempre tenia el chiste justo para enfadarlo. Con la cabeza a gachas, miraba sus zapatos, y llegaba a su casa con una tristeza enorme. Pasaba horas frente al espejo, para tratar de descubrir algún secreto de su belleza, fue inútil.
Fue creciendo, y comenzaron aparecer otros problemas que lo marcaron para toda su vida. Su cara era chistosa y las mujeres hablaban mucho de el. En la edad en la que un hombre ya tiene millones de historias sobre sexo, el aun, no había besado a ninguna dama. Cada vez que se quería acercar a una mujer, algo ocurría para que la misma escapara.
Pasó el tiempo y el pueblo fue cambiando. El cantinero que de feo siempre lo había tratado ya no estaba. Muchos de los árboles, habían sido podados. Todos los días, la gente se casaba en la iglesia que antes se caía a pedazos. Era el tiempo de irse, a ver donde la belleza superficial no tenía importancia. Donde nadie, lo clasificara por como es sino por quien es.
Dejó una carta en el buzón violeta que estaba en la entrada de la pensión. Pasaron días hasta que alguien que le interesara leerla la recoja. No tenía un para quien, solo tenía un porque se iba de ese lugar, donde lo que solo veía, era el trato de feo. Se lo vio irse con una maleta, dejando algo atrás. Saltó el charco de agua que un caño roto generaba y con los pantalones mojados y arrastrados, se fue alejando del lugar.
Pasaron años, y nadie supo de el. Los vecinos se preguntaron si algo peligroso le habría ocurrido. Como no darse cuenta, de que el joven más feo del pueblo en años había desaparecido. Carlota, la almacenera del lugar apareció hecha un grito cuando en la televisión, había visto al chico. Estaba más crecido, más fuerte, pero físicamente más raro. Se había mudado a un pueblo al que ayudó mucho, sus saberes habían generado el inicio de una solidaridad que quedó en la historia. No era un territorio mas lindo del que el había vivido antes, pero por lo menos caminaba con la frente en alto por el lugar.
Donde él había vivido, se caía a pedazos bajo una forma de gobierno bastante fea, mas que el joven. Todos los lugares que eran flores, ya no estaban. Una tarde, con la misma maleta, el joven apareció. Los vecinos, se pusieron felices y lo abrazaron cuando antes no querían ni acercarse. No le faltaron las noches acompañados de una bella dama que siempre tenían una historia que contar. Cuando el sol salió al día siguiente de su llegada, decidió salir a caminar por la fresca mañana. Pasó por el buzón violeta donde el había vivido y lo investigó. Estaba la carta, el blanco del sobre se había convertido en un color amarillento antiguo. Lo abrió y ojeó la carta, con risas, dirigió su vista hasta el final de las palabras. Eran tiempos difíciles, otros tiempos mejor dicho… la hizo un bollo con su mano y la arrojó al famoso charco de agua del caño que nunca se arregló.


De Maxi Ceberino y Sebastian Martinez

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