La historia de la Semana

“EL SEXINATOR”

Las sábanas estaban empapadas. La cama toda desarreglada parecía como si millones de artistas hubieran creado una obra de arte. La leve brisa que entraba por la ventana, elevaba la cortina blanca con un ritmo bastante tranquilo. Camisa, pantalón, corpiño, calzoncillos, decoraban la oscura alfombra de la habitación.

El amante y ella siguieron ahí. Sobre aquella cama en la que hasta olvidaron el motivo por el que estaban en ella. Con copas vacías en la mano, se besaron como si nunca antes. No faltaban colores, las caricias sobraron esa noche. El sudor fue cada vez más protagonista, hasta que los ruidos de la cerradura interrumpieron sus deseos.

Lo que hasta ese momento había sido mágico, se convirtió en desesperación y pánico. Ella corrió por dentro de la habitación, con la idea de pensar en donde podía ocultar a su amante. Era inútil, no había espacios. Los minutos se hacían segundos, todo estaba desordenado. La casa, no era casa, sino un apartamento en el piso veinticuatro. El amante, abatido, la miró a los ojos a su amada y le dijo que le siga la corriente. Y así fue.

Entró el marido a la habitación, feliz de que iba a volver a ver a su esposa. Apoyó la valija en el piso, al lado de un corpiño. Cuando levantó la cabeza vio al amante, de pie y firme, como si fuera un robot. Cuestionó a la mujer, le pidió explicaciones. Con lágrimas en los ojos y de color azul en la cara, le dijo que ese hombre no era un hombre sino un robot sexual. El marido se acercó, lo observó, admiró y tocó con gran asombro. La mujer sudaba, como si hubiera corrido dos maratones seguidas. En un momento, salió de la habitación con la excusa de que se iba a cocinar.

Solos en la habitación, se quedaron el hombre con el supuesto robot, que muy bien mantenía su papel. Comenzó a tocarlo, y pensó que si tanto había complacido a su mujer, podía complacerlo a él también. Sobre la cama, lo puso de todas posiciones, y en el momento en que iba a romper el hielo, se escuchó la voz de “error, error, seno incorrecto”, con una voz metálica. El marido, insultó al robot y lo trató de inútil, lo levantó como pudo y lo tiró por la ventana.

El olor a comida, llegaba a la habitación, y en el momento en que la mujer entró a la pieza para llamar a su pareja, sorprendida le preguntó donde estaba el robot. El hombre, le contestó firmemente que lo había arrojado por la ventana porque no andaba del todo bien. La mujer se quedó muda, se acercó al hombre como si fuera a decirle algo y, cuando lo tuvo frente a frente, le dijo: “Está bien, ¿para que quiero un robot? Si ahora te tengo en casa conmigo”.

Comieron. La noche fue demasiado larga para ellos. Aunque el hombre nunca se convenció de que el robot que había tirado desde el piso veinticuatro usara esa ropa humana que estaba sobre el piso del dormitorio.


Por Maximiliano Ceberino y Sebastián Martínez

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